El poder público apetecido de formas exuberantes es competido arduo y continuo de las formas mas exóticas en todas las escalas del armatoste del Estado. Las competencias de los involucrados están enfrascadas en reglas no escritas que se cumplen a plazos o por temporadas y las normas son reto para los leguleyos que las interpretan en busca de ventajas virales que luego son atajadas con reglamentaciones y anexos que se pueden consultar en Diario Oficial. La mecánica, para alguno incomprensible, es fácil de implementar hasta en la vida cotidiana. En este universo prima la imagen antes que las cualidades intelectuales o la labor cumplida. En la mente de la mayoría se imprime el número de gente que vemos aplaudiendo en los eventos públicos y en nuestras comunidades corremos la voz de calle en calle de manera festiva sobre los despilfarros publicitarios de los candidatos en repartición de alcantarillas, tejas, ladrillos, cerveza y comilonas. La vida de los políticos permanece balanceándose entre el amor y el odio en medio de esa necesidad interminable de los recursos económicos de la campaña y los compromisos que no debieran adquirir con sus aportantes. Públicamente es aceptado que nadie trabaja solo y siempre se busca favorecer a los amigos o por lo menos a quien se le debe un favor. Una de las banderas de “la nueva” política es acabar con las prebendas (palabra que ya se normalizo como un sinónimo de corrupción) porque es aquí donde mas recursos se despilfarran, porque quienes están sentados en un cargo de importancia utilizan recursos de la comunidad para pagar favores o ampliar su capital personal. Los escándalos en Colombia alertan a los detractores de la democracia por sus debilidades mas estructurales, porque se entiende que el capital hablando el espíritu del los lideres y dejan (a veces de manera traumática) en el pasado los ideales comunitarios y del bien de los menos favorecidos al descubrir que los recursos están amarrados a los mismos hilos que los llevaron al poder. La Paradoja que enfrentan los idealistas es traicionar (con sus mismas reglas) al sistema que los vio surgir para purgarlo de esos hábitos anacrónicos que sin lugar a duda van a llevar al país a una guerra civil. El Presidente de Venezuela nos abre los ojos todos los días respecto a una de las realidades más dramáticas de la politiquería. En este tablero cuando se mueven las fichas hay que dejar contentos a todos en la teoría aunque no le cumpla a ninguno en la práctica. En nuestro país muchas veces salen a relucir héroes de la honestidad cazadores de ratas que le disparan a todo lo que se mueva con insultos y oprobios de espectáculo circense que los fanáticos tachan de sinceridad. La política es un bien común aunque nos parezca lejano, es una herramienta de interacción social que nos permite agruparnos para logro colectivo y no solo en el aspecto gubernamental, también en el comercial y familiar como un recurso que magnifica la esencia humana o la envilece.