Los hombres no son infieles por naturaleza, lo son por las costumbres de la sociedad. Porque aunque a muchas mujeres se les desarme la vida publica al enterarse, por rumores, de la infidelidad de su marido (o novio) y los persigan con su arma mortal de la cantaleta y muchas otras lo manden al carajo. Es también el “reiting” para ellas mismas, o tal ves para muchas más, del nivel de popularidad de su hombre. Entre más rumores de haberlo visto aqui y allí, la envidia aumenta pues lo que se quiere tener en la casa es un semental incontrolable. Pero “pobres” aquellos que por naturaleza o estupides no tienen más ojos que para su esposa (o novia), lo más seguro es que en público no le toca ni un pelo y la quiere tanto que la respeta de igual manera. Entonces es la mujer la que se encarga del trabajo de marketing y publicidad.
-!Dios mio, porque me pasa esto a mi, que le he entregado toda mi vida, todos son unos cochinos que se acuestan con la primera que les muestra las
rodillas-
Es el comentario que se hace perfectamente programado gracias a que el incauto dio “papaya” parandose muy serquita a una mujer, no importa si es su hermana o su prima, él debe comprender que el escandalo es para su bien.
Curiosamente el hombre no puede hacer esa gracia, el tiene la obligación de velar por la reputación de su compañera y es normal ponerle la mano (cerrada y a gran velocidad) al primero que haga un comentario ridiculo.

¿POR QUÉ, INFIEL? Cuando un hombre es infiel, es decir falta a sus compromisos de lealtad ante la relación, lo hace adrede, agusto y por un largo periodo. Es llevado a esta penosa situación no solamente por la sociedad que lo premia sino también por la misma que lo a puesto en un lugar privilegiado de la familia que le niega las debilidades; las depreciones, el miedo, las indeciciones y mucho menos perder el control. También es una buena razón para el alcoholismo, pues es en la única ocación en que se permiten las ridiculeces y sentimientos.

Cuando un hombre decide buscar otra mujer, se la encuentra o ella lo encuentra a él (aveces con él argumento de la experiencia) es por la sencilla razón de que el alcohol no le es suficiente para soportar su vida de actuación en la que demuestra su solides y firme personalidad.

Necesita alguien que reciba sin desprecios ni compromisos los pequeños detalles de un ser humano imperfecto.
Necesita a alguien que él no tenga que poner a andar parejo, que no lo vea a él como el ejemplo o el idolo intachable. De quien no tenga que proteger información secreta.

Pobre del marido incauto que se descubre ante su esposa, pues le habrá entregado el control remoto de una bomba de autodestrucción emocional a un niño que los aprovechará como medio de chantaje en la primera discusión. Así aprenderá a quedarse callado.

Al ser infiel el hombre logrará de ves en cuando pensar en el mismo y poder dejarse conocer sin miedo. Ventajosos porque ni los suegros ni sus sus padres comentaran en murmullos de alcoba o en las fiestas familiares esos momentos agónicos del alma de un hombre común y corriente.
Los amantes fugaces se escuchan pero no se aprenden. Se aman pero no se amarran y fácilmente se dicen asta nunca.

Esta libertad profunda en medio del vicio sin limite de la infidelidad aveces se convierte en un erróneo matrimonio que acaba con toda la diversión.